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30 de octubre de 2013

SATISFACCIÓN DE VIVIR

Parece una ironía el título que he elegido. La tan manida crisis, que los políticos dicen que ya va
terminando y que las familias se las ven negras para mal terminar el mes, es algo que nos amarga
la vida. La falta de trabajo, la falta de una mejor perspectiva del mañana, la hipocresía de nuestros dirigentes, el conformismo de la clase alta y la desesperación de todos los demás hacen que nuestra
 visión del hoy sea una visión materialista y, en muchos casos, desesperada. Y no falta razón.
Cuando nuestro estómago tiene hambre, nuestra razón tiene pocas ganas de filosofar. En esta
vida es el cuerpo y la materia quienes condicionan a la mente, al espíritu. Por eso, las necesidades
del cuerpo nos parecen más importantes y prioritarias a las necesidades de la mente, del alma.
Es difícil hablar de satisfacción de vivir cuando estamos necesitados de lo más imprescindible
para poder mantenernos hasta el día siguiente, cuando nuestra familia tiene necesidades de cosas
básicas para pasar el día de hoy:  y ponemos todo nuestro empeño  en encontrar alguna pequeña
esperanza para nuestro día de mañana. Es cierto.
Cuando estamos tocados por la enfermedad, cuando nos ha faltado alguno de nuestros seres
próximos, es difícil hablar de la satisfacción de vivir.
Me dan ganas de no seguir escribiendo sobre este tema ó darle otro desarrollo distinto.
Sin embargo, es la realidad. En la vida tenemos días alegres y días tristes, momentos eufóricos
y momentos depresivos.  Y la combinación de esos días alegres, de esos momentos eufóricos y de
esos otros días tristes y momentos depresivos es lo que constituye nuestro día a día, nuestra vida.
Es a lo que Jesús se refería cuando dijo que cada cual tome su cruz, sus circunstancias y le siga.
Es posible y, no solo posible sino real, encontrar satisfacción de vivir aunque nuestras necesidades
sean grandes. Nuestra experiencia nos indica que tanto los días malos como los días buenos
sólo duran veinticuatro horas de sesenta minutos cada hora. Nuestra experiencia nos dice que,
cuando hemos superado una dificultad, nos sentimos satisfechos y contentos.
Por otra parte, las circunstancias de nuestra vida no las elegimos nosotros, aunque sí son
circunstancias que las tenemos que pasar y superar. Por eso, con una actitud depresiva ó
derrotista no conseguimos nada. Tan sólo logramos que, cuando hayan pasado esas situaciones
malas, nos sintamos temerosos de que puedan volver. Sin embargo, si luchamos por superar
esos malos momentos, esas circunstancias adversas, cuando pasan, tenemos la satisfacción de
haberlas vencido y de que, aunque puedan volver, las volveremos a vencer porque nos sentimos
más preparados.
Circunstancias buenas, circunstancias malas... la vida. Tenemos que vivir hasta que Dios quiera.
Si tiene que ser así, aprovechemos las circunstancias buenas para tomar fuerzas; y las circunstancias
malas las afrontemos con la esperanza puesta en Dios. Así lograremos que esas circunstancias
malas sean buenas para nosotros y que nuestra vida tenga a Jesús por guía y nos sea fructífera
para el siguiente capítulo de nuestro existir. Que sintamos la satisfacción de vivir. Amen